DIA DE SANTOS Y DIFUNTOS


En días como estos, antiguamente en Guadalupe, era corriente ver a los monaguillos portando cestas y recorriendo calles y casas, pidiendo para poder tocar a "Doble", las campanas de la torre durante el día de los Santos, noche incluida y día de los Difuntos.
La gente donaba, "gamboas" o menbrillos, castañas, nueces, granadas, chocolate, pastas, en fin, una buena provisión, para que los "acólitos", pudieran soportar las largas horas de vela, en el callejón de "Los Siete Altares", con un frío atroz, ese frío del antiguo Guadalupe en Noviembre, que se colaba por todos los huesos, en la amplia y vetusta estancia del pasaje del Claustro a la Sacristía.
El Párroco, o algún fraile, solía quedarse para que los chicos no se desmandaran, y el "don, dan, don" de las campanas, nos recordaban lo efímero de la vida.
En los balcones , ventanales del Monasterio y de las casas, se encendían grandes faroles de aceite, o de velas, y daban a la fachada monacal, un aspecto tétrico, adobado entre las inmensas sombras. También la poca luz de la Plaza Mayor, iluminada por cuatro bombillas de 20 vatios, que mas que dar luz, lo que daban era....pena.¡¡Y miedo!!
Esa noche la recuerdo como entre nieblas del tiempo, arrebujado en la cama del antiguo caserón del Marqués de la Romana, dónde nací, y pasé mi infancia.
Días antes, las personas acudían al cementerio de "La Viña Mayor", a adecentar las tumbas, enjalbegar las paredes y poner flores a los fallecidos.
La blancura de la cal, contrastaba con la recién salida yerba, de un indecente color verde claro, y los primeros trozos de musgo y líquenes en las paredes.
La vieja puerta del Cementerio, de antigua y recia madera, nos llamaba la atención sobre lo que contaban de ella en mi casa. Esta puerta era la protagonista de un antiguo suceso acaecido en la Puebla, cuando un par de amigos, se apostaron que en una noche de difuntos, quién sería el valiente de clavar un billete de papel en la puerta del Cementerio.
Bajo los efluvios del alcohol, uno de ellos se decidió a subir en la negrura y el silencio de la noche, mientras las campanas "doblaban" a muerto.
Acudió indeciso por el viejo camino, detrás del hoy Parador, y al llegar a la puerta del Cementerio, un remolino de viento, le levantó la gran capa con la que se cubría del intenso frío, sin darse cuenta que en el momento del martillazo en la puerta para clavar el billete, un pico de la tela se quedó bajo el clavo. Cuando el hombre, intentó darse la vuelta, se sintió cogido por el cuello...¡¡de su misma capa!!, y murió aterrado de un ataque fulminante al corazón. Así lo encontraron al día siguiente, cuando extrañados de la tardanza, fueron a ver que había pasado.
Estos días antiguos, el tío Candela"Monique", sepulturero, había desbrozado de matojos, las pequeñas veredas entre las tumbas.
Por allí se expansionaban los deudores de los fallecidos, mientras el Párroco, el P. Benigno Lerchundi, acompañado del Sacristán, Pedro Tena, que cantaba los responsos con su preciosa voz, iban de tumba en tumba, acompañados de dos monaguillos revestidos con Manga y faroles.
Había "responsos" de varios precios. "¡Uno de dos reales aquí!", se oía decir a alguna voz. Y de tumba en tumba, se iba repitiendo el ritual. Pedro Tena, entonaba el "Requien A eternam Dona y Dómine"( aún recuerdo la cantinela: Mi mi mi mi fa mi re mi------ mi mi mi mi re do re mi re------- do----------).
Y "Cuando felix la tremenda", que era lo que entendíamos del viejo latín que entonaban, cantos del rito de difuntos, y que escuchábamos los niños, admirando las palabras del Salmista, que salían de la boca de Pedro, revestido con sotana, mientras el P. Benigno, hisopaba la tumba con Agua Bendita, el monaguillo de turno, cobraba el responso, guardando el dinero en una vieja caja de madera.
Viejas tradiciones que la Liturgia de la Santa Madre Iglesia abolió, tras el Concilio Vaticano II, pero que tenían su especial encanto.
Desde aquí desear a los que nos precedieron: Q.E.P.Dn.
