TURRÓN Y CALABAZATE


Siempre cuando llegan estos días de la Feria de Guadalupe, me viene a la memoria el recuerdo de aquellos puestos de Turrón , dónde se vendía, además de este dulce, el calabazate, las almendras garrapiñadas, las almendras tostadas, y otros productos para endulzar el paladar.
En la Plaza del pueblo, la estructura cuadrangular de madera, con techo de lona, albergaba a los "Turroneros", con su dulce muestra de variados productos para vender a los peregrinos y foráneos que acudían estos días a Guadalupe.
Los diferentes puestos de la feria, tiros al blanco con escopeta de aire comprimido, alguna tómbola, algún puesto de juguetes, alguno de cobre y llatón, y el de " las navajinas", ofreciendo el producto de navajas de Albacete.
Lo mismo, en la calle "Candelera" se situaban los vendedores de melones y sandías, durmiendo al cobijo de las mantas, en esas noches del Septiembre guadalupense, y cenando , navaja en mano, el chorizo cocido, los pimientos fritos y la tortilla de patatas, cortando el pan con parsimonioso ritmo, en una pausada liturgia.
El día 9, era la "Feria del Pueblo", donde por regla general, bajaban los precios de los productos, y los guadalupenses aprovechaban para adquirir el regalo prometido a los niños, o la joya a los mayores, en el puesto de relojes que se ubicaba en casa de Juan Castillo, por cima de la taberna de Manolo "Balondo".
Era costumbre de mi padre, ese día, obsequiar a mi madre con su regalo preferido: Un poco de turrón y calabazate, que desde novios le regalaba y no dejaba de hacerlo ningún año.
Cuando mi padre falleció, lógicamente se perdió el rito. Yo tenía 12 años, y no caí en la idea.
Pero años después, mi hermana me comentó la antigua costumbre de nuestro padre.
Y aquel año, me presenté el 9 de Septiembre con un envoltorio de turrón y calabazate.
Mi madre, abrió los ojos, me miró con su dulce mirada, y se le cayeron unas lágrimas.
Tomó el paquete y lo apretó junto a su pecho. Más no lo abrió.
Y con emocionada voz me dijo:
" Tu padre me regalaba estos dulces con todo su cariño. Te agradezco el obsequio, hijo mío, pero desde que él falleció, el calabazate y el turrón, ya no es dulce para mi. Es amargo, como el dolor que llevo en mi corazón".
Guardó el regalo en un cajón de su mesilla de noche. Muchos años después, pude ver un envoltorio, petrificado, duro por el paso del tiempo:
Era el calabazate y el turrón que ella había guardado sin probarlo.
Por eso, no me gustan estos dulces.
