NOCHE DEL 7 DE SEPTIEMBRE HACE AÑOS EN GUADALUPE
LOS COHETES Y LOS FUEGOS ARTIFICIALES
Era costumbre el día 7 de Septiembre, en plena Feria de la Virgen, el Concierto de la Banda en el Atrio, por la noche, y simultaneando con el encendido de diversas “ruedas” de fuegos artificiales. En una especie de tabladillo que se montaba en un lateral del Atrio, junto a las barandillas, y con unas bombillas que no dejaban ver, se instalaba el tablao de la Música.
Alfonso, siempre ponía una parte de Concierto serio, (Selección de Zarzuela, Obertura, Fantasía, etc. ) y otra parte más movida, con pasodobles, valses, fox, generalmente de la “Colección Alegrías” (“Dulce Ensueño“, “Mensaje Amoroso“ ,“Trencitas de Oro“, “Fiesta en el Coso“,”Nostalgias Verbeneras”) de Texidor, y terminaba, naturalmente, con la “JOTA DE GUADALUPE”, instrumentada para la Banda por él.
Y entre pieza y pieza, se encendía la rueda de fuegos artificiales, por Antonio, el portero del Monasterio, encargado de este menester.
Los muchachos, escondidos algunos en el portal de la casa de D. Ruperto, y otros en el mismo Atrio, esperaban la última rueda de fuegos artificiales, donde al finalizar, se desprendía una estampa, generalmente del Patrón del lugar.
Pero yo, nunca conseguí ver a nuestra Virgen de Guadalupe.
Siempre salía algún Santo u otra Virgen, que no era la nuestra.
Una noche del día 7, se daba el tradicional Concierto en el atrio. Curiosamente, la Banda acudía perfectamente uniformada. Hasta con la gorra de plato.
Y en un momento de la interpretación musical, una pavesa de un cohete, cayó sobre la gorra de Julián Moreno, y sobre el pantalón.
Rápidamente, se sacudió, pero el mal ya estaba hecho: El fuego había quemado un poco la gorra y el pan-talón.
Creo que alguno más, también recibió algo del cohete.
Y siempre que recuerdo estas fiestas, con la Plaza llena de gentes, apelotonadas en torno a los fuegos artificiales, se me eriza el pelo, de pensar, si alguna de aquellas tracas finales, o los fuegos, hubiesen caído encima del inmenso gentío..
Aunque bien visto, te escondieses o no, algunos “petardazos” eran imprevisibles.
Como le sucedió a uno que para refugiarse, sobre los años 60 a finales, se metió bajo el portal de la Casa de D. Carlos Cordero, pensando que se iba a librar del peligro.
En un momento dado, una bola verde de fuego se desprendió de la rueda de fuegos y tomando la "horizontal" fué a estrellarse encima de donde estábamos situados.
A mi no me pasó nada, gracias a Dios.
Pero uno que yo conozco, empezó a perder el cuero cabelludo desde aquella noche....
Nunca he vuelto a verle, cerca de "artillerías" pirotécnicas.
