La Calle Real, de Guadalupe, Cáceres


"LA CALLE REAL "
Nada más pasar el Arco de San Pedro, comienza la empinada vía, por la que antiguamente, Camino Real de Castilla, bajaban los Reyes para acudir a rezar a la Virgen Morena.
Su piso, empedrado a base de irregulares piedras, produce un vértigo al bajarla, y casi no menos, al subirla.
Una regadera, o regato en medio, para que discurran las aguas que vierten los tejados de las casas, es como una invisible frontera, entre el más allá y el más acá de las vetustas viviendas.
Hoy, a pesar del momento, muchas de las casas se encuentran vacías.
Un tráfico de coches y motos, hace que más de una vez, te pongas a buen recaudo, y piensas, que podría pasar, si alguna vez los frenos no funcionasen...
Más yo creo, que la Virgen, pone las manos, como el "capotillo de San Fermín", y en más de una ocasión, nos ha librado de un buen susto.
Hace muchos años, la calle, sin estar condenada al tránsito de vehículos era otra cosa.
Nada más doblar el Arco, ascendiendo, te encuentras con la tienda del Sr. Trifón, y su empleado, Valentín Valencia, aquél del sombreo y gabardina, tieso como un palote, y elegante como el sólo. La cortina de alambres y cañas, se bambolea, y al entrar en la tienda, un gran mural de expositores de telas, nos da la bienvenida.
A la derecha, la casa de Tía Luz. Domingo, su hijo, prepara la burra, para ir a recoger al huerto, los dulces y buenísimos higos, y me ofrece la mejor de sus sonrisas. En el portal, refugio de los críos en invierno, hay unas cuantas cestas de mimbre, preparadas para traer el fruto de la higuera.
Frente a esta casa, la tía Saturia, le vocea a su hija Josefa, que la comida de Luís, el marido que viene de la barbería, ya está preparada. Josefa, habla con una conocida en la puerta, mientras, mujeres, y algún que otro, suben, o bajan, por la empinada calle.
A mi derecha, la casa de los Rodríguez, dónde los mejores melocotones y abridores traídos de la finca del Mato se producían...
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A mi izquierda. El comercio del Sr. Alfonso. La casa de Julián y Guadalupe. En otro tiempo, Estanco, y luego Zapatería, dónde Julián, controlaba los cigarros, para que los hijos, Alfonso, Pepe y Manolo, no se fumaran las ganancias. O más tarde, rinconcito donde el abuelo "Piti-rín", echase media suelas y tapas, y sacudiera con el "Tirapié", o algún que otro "calvote", al muchacho al que le estaba enseñando el Solfeo de Hilarión Eslava.
Julián, con los bigotes arqueados, y la mano izquierda, certera como un fusil, atizaba un "cascorro",como no te supieras el "Do, Mi, Do, Mi, Sooool, Dooo, Si, La, Sol, Fa, Miiii, Doooo",aquella Lección, que casi uno se la sabía de memoria. La abuela Guadalupe, preparaba en la amplia cocina, allende el rincón de la chimenea, un puchero de castañas cocidas, para cuando vinieran los nietos, a "echar", aquellos discursos desde la balaustrada de madera, que circundaba la subida al piso superior.
Allí se subía algún nieto, y abriendo los brazos y gesticulando, recitaba una poesía, una oración, o alguna trova, cosa que al viejo Julián le encantaba.
Por las noches, la lección de Música o el instrumento, Clarinete, Bombardino, Trombón.
Al lado de los cántaros, en el "escaño" de madera, Julián escuchaba y enseñaba al aprendiz de "Solfa", los rudimentos: " ¡¡Oprime!!, ¡¡Oprime el labio!!, ¡¡Ataca con la lengua al paladar!!, ¡¡La llave de Tranquillo!!.¡¡ Fíjate, que lleva un Bemol!!.
Y Dos por Cuatro, o Seis Por Ocho, un dos tres, un dos tres, la lección se alargaba.
Y el "Diablillo de Pupita", que así era mi hermana Pupe, junto a sus primas Quini y Victoria, subían las escaleras de madera lentamente, para incordiar al abuelo...
Travesuras de pequeñas, que luego se tiraban a sus brazos, para comérsele a besos, y tirarle del bigote.
Alfonso, en la sala, estudiaba sus libros de Música, y atendía a las mujeres del comercio. No eran los agobios de un "Corte Inglés", por lo que podía subirse de la tienda, y aprovechar los ratos flojos, para escribir los ejercicios de Harmonía y Contrapunto.
En el comercio, estanterías con las telas, Opal, Vichí, Lienzo Moreno, Retal, Popelín, los Hilos, Bobinas y Ovillos de "Hilaturas de Fabra y Coats"...
Y los sacos de alubias, garbanzos, lentejas, fideos,... y el bacalao... los Coloniales, que llamaban. Algunas albarcas, y zapatillas. La balanza de pesar, con su caja de madera de pesas, el metro de medir las telas, el "Zorro", mango de madera con flecos de cuerdas, que servía para limpiar el polvo..
Y las tijeras, encastradas entre dos muestrarios de tela, para tenerlas a mano, y no perderlas.
Un montón de papel de envolver, y cajas con Boinas, Bilbainas, etc.
De pronto, salía de enfrente D. Miguel Alonso, y le consultaba a Alfonso:"
Fíjate lo que he escrito para la Zarzuela "El Juramento de Mari".¡¡Safijaaa!!
Y se enzarzaban en sus cosas, sin darse cuenta de las clientas que esperaban.
Aquella casa, mezcla de Conservatorio, Zoco, Academia, y Almacén de Instrumentos..
Enfrente, la casa de los Alonso: D. Miguel, el escritor de la Zarzuela,"EL JURAMENTO DE MARI", y otras. El amplio pasillo... Y los hijos. Entre ellos, el Militar, D. Francisco, con su torrente de voz, mandando, y ordenando, que para eso era militar, se escuchaba desde el precioso patio de la casa.
Aquél genio y carácter, que no se arredraba con nada ni con nadie. Y la profundidad de sus ojos claros, que subyugaban al relatarte una jornada de caza o de pesca, allá por el pantano, en busca de barbos o truchas.
Frente a la casa , y por cima del comercio, la casa de Lucas Rubio. Sentado en la puerta, charlaba con todo el que pasara por su lado, con esa simpatía a raudales, y ese punto de guasa, que le hacía ser especial. En el poyo de la entrada, colgaban impolutos los platillos de la balanza de pesar la carne de los chivos, limpísimos, seguramente, fregados con arena de la Sierra de las Villuercas, por la Sra. Cándida.
Al fondo, José preparaba la burra para marchar al campo, con su merienda de tortilla francesa, y la abuela Mamaquica, soltaba un pucherillo, por aquellos pequeñitos ojos, que secaba con las rugosas manos, que el tiempo había descompuesto, a base de reumas y dolores.
Hablaba Lucas, con el que le traía los chivos de Deleitosa. Mientras, una serie de burrillos cargados con sacos de picón, atacaba la subida de la cuesta: Eran los Carbonerillos, que venían de su faena.
De frente, la casa de la Tía Paula y Juan. Paula asomada, al balcón de madera, charlaba con una conocida.
Al lado, la casa de Jesús Rodríguez. En la fragua, la" Bigornia" cantaba a base de martillazos, con su cadencia infinita y mil veces repetida. Afilaba las rejas de arados, y preparaba balcones y ventanas en hierro forjado. Un remolino de chispas, del horno, que alentaba el fuelle, salía de vez en cuando por la puerta de madera, grabada con mil extraños signos a fuego, y que no éramos capaz de entender que significaban. Posiblemente, marcas de ganado.
Jesús, era dentro de su seriedad, un guasón de primera. Había pataleado el Madrid de los "Castizos" y te hablaba en el idioma de los "Gatos", o la lengua de Arniches, el de las Zarzuelas. Era espectacular, cuando estaba gracioso, escucharle decir aquello, con una "prosopopeya chulona de Zarzuela" eso del "TRASPORTÍN DE LA VIGOLETA DE LA CAPI-CULA-MELA", que nunca supimos lo que quería decir. Al menos, yo no me enteré.
Los postes que sujetaban la casa, siempre amenazados por posibles accidentes de carros o posteriormente, de coches y furgones.
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Frente a la fragua, la Farmacia y casa de D. Luís Montero de Espinosa. La farmacia, en la entrada, tenía en la calle, una pequeña explanada de cemento, realizada a base de pequeños cuadraditos, que los niños llamábamos "las pastillas de chocolate". Circundando esta explanadita, un murete, por donde paseábamos los cochecitos de juguete, en la cuesta abajo. Allí, siempre solía haber críos.
En la farmacia, las tarros y potingues corres-pondientes: "HIPOVITAL" (Reconstituyente), "NEUMOTONIL" (Jarabe), "CALCIOMÓN" (Inyectable), y "CACODIÓL", (Cacodilato de sosa progresivo). Todos propiedad de D. Luís, y elaborados, en los Laboratorios del Centro Farmacéutico Nacional.
Y los balcones de estas casas del entorno, plagados de macetas, atiborradas de geranios, rosas y clavelinas.
Más arriba, las casas de los otros vecinos, y la entrada a la Plazoleta de la Pasión.
La casa de Mariano, el pregonero, y frente a ella, la de Pedro y Carmen.
Más arriba, la del tío José "Cheles", con él, sentado en la puerta, y exponiendo a los forasteros, la famosa cuenta de los "Setecientos cincuenta reales, a Cinco la perra chica, cuantos centimínos tenía" o algo así, porque nunca supe cuál era entero el enunciado ni la solución.
Subiendo, la Cárcel, con su patio y luego matadero de animales.
Allí, Manolo el Municipal, con su traje gris y su gorra de plato, imponía la autoridad, a alguno que se pasaba de listo.
Y luego la calle continuaba ascendiendo hacia las alturas...
¡¡Calle Real, camino de Castilla, de Humilladeros, y Matorrales, de Alamillos y Barrera el Sol!!
Por allí, pasó y pasa la Historia, día a día.
Y sus piedras son testigo del paso de los años, de generaciones y de sueños.
De los sueños, de tantos y tantos buenos vecinos, que un día nos dejaron, y ya no se encuentran entre nosotros.
Pero, que cuando el Sol, se duerme allá tras Pico Agudo, y la Calle Real, se vacía de gente, y nace en el Cielo, el sarpullido de estrellitas, el espíritu de aquellos que la recorrieron, vuelve a caminar por la cuesta y el Arco, y casi casi se escucha, el Himno que cantaban en la Noche de la Verbena, el que todos hemos cantado alguna vez, chocando dos piedras con la mano " San Pedro como era Calvo, le picaban los mosquitos, y su Madre le decía, ponte el gorro Periquito".
Para todos ellos, con mi recuerdo y mi cariño.
(Del Libro "ALFONSO MORENO COLLADO, SU VIDA, SU OBRA, SUS RECUERDOS" de Rafael Moreno Tello)
